miércoles, 27 de agosto de 2014
La Granja 1/2
La milicia estaba a menos de un día de camino. La polvareda que levantaban delataba su posición exacta.
-¿Que puedes ver?- La mujer esperaba impaciente su turno para mirar por el telescopio.
-Toma, míralo por ti misma.- El anciano se apartó y se sentó con dificultad en una silla al lado de ella.
Campo a través avanzaban unas 50 personas, hombres en su mayoría. Al menos 10 de ellos estaban fuertemente armados con pistolas y escopetas, el resto portaba horquillas, palos, cadenas y una imaginativa variedad de armas improvisadas. Los tres agentes de la autoridad montaban a caballo al frente del grupo. El alguacil llevaba un fusil de asalto láser de inconfundible manufactura rusa, sus ayudantes, en cambio, portaban subfusiles de munición sólida, ambos con lanzagranadas. El anciano pareció leer sus pensamientos. -Sólo los tres de delante podrían aniquilarnos sin problemas. Nosotros tan sólo disponemos de dos escopetas y tenemos tres niños que cuidar.-
-Usted es un buen hombre Joaquín, ha estado siempre aquí en la granja y no ha visto los horrores que siguieron a las Guerras Capitales. Le aseguro que las personas que ha acogido aquí hemos hecho de todo para llegar hasta dónde estamos y seremos capaces de volver a hacerlo si es necesario.- María miró al anciano con cariño. -Usted nos ha dado la oportunidad que nunca nadie nos dio, ahora nos corresponde a nosotros devolverle el favor. Si usted pide que nos vayamos, lo haremos.-
-Jamás en mi vida he colaborado en una injusticia y no lo haré ahora. Sois vosotros los que debéis decidir vuestro destino, si el resultado es la muerte...- El viejo se señaló los cuatro pelos blancos que quedaban en su cabeza. -A mi no me queda mucho de cualquier forma.- María le sonrió y se agachó para besar su frente.
-Es usted la última bendición del cielo.-
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En el salón de la casa se encontraban las siete personas a quienes la milicia perseguía. Siete mutantes.
María, su esposo José Luis y sus hijos, los gemelos Jesús y Daniel, eran Elementales. La mutación era discreta en los padres, sin embargo los gemelos tenían unas dotes innatas asombrosas a sus cortos 12 años. No sólo podían manejar las artes elementales más básicas con soltura, además cada uno parecía tener una influencia poderosa en las habilidades de su hermano, de este modo actuaban de potenciadores de los poderes el uno del otro. Era esta cualidad y la curiosidad insaciable de los niños lo que había delatado a la familia como mutantes y les había hecho vivir una vida de parias. Vida que acabó hace dos años cuando Joaquín les dio refugio.
Previamente en La Granja vivían Antonio, un Recio, David, un Corredor y Luna, una Psíquica. Antonio y David eran amigos de la infancia, juntos habían vivido toda clase de aventuras hasta que dieron con Luna. La pequeña había sido abandonada a su suerte y la vida de los dos cambió por completo al hacerse cargo de ella. Pronto decidieron buscar un lugar dónde establecerse y darle a Luna un hogar. Por suerte ambos recordaban el sitio ideal, la granja de Joaquín, un antiguo héroe de la resistencia que había decidido hacerse ermitaño cuando el estado Ruso ganó las Guerras Capitales. Ambos, en la mitad de la treintena, tenían la capacidad y los recursos para luchar por su hogar, sin embargo ninguno podría soportar ver sufrir a su hija de 8 años.
-Hemos vivido 4 años en paz y armonía aquí, dos de ellos con vosotros.- Señaló a la familia de Elementales. -¿Cómo se han enterado ahora de nuestra presencia? ¿Y por qué saben que somos mutantes?- María lo miró con los ojos muy abiertos e hizo un gesto hacia abajo con sus manos.
-Por favor Antonio, Joaquín está descansando en la planta de arriba. No interrumpamos su sueño ahora que por fin ha conseguido dormir.- Antonio pidió disculpas. -La carta lo dice claramente: "Se le acusa de dar cobijo ilegalmente a 7 mutantes. 4 Elementales, 1 Corredor, 1 Recio y 1 Psíquico. Entréguelos antes de 1 semana y será perdonado. Niéguese y serán ejecutados todos." María los miró a todos con expresión grave. -Lo que no dice es que harán con nosotros si nos entrega.- Jose Luis paso el brazo por la cintura a su mujer.
-No hace falta que diga nada, todos hemos visto los cadalsos en cada pueblo y ciudad.- Un escalofrío recorrió la espalda de la mujer.
-¿Que hay del viejo? ¿Se merece que lo cuelguen después de lo que ha hecho por nosotros todos estos años? Yo digo que lo atemos y lo amordacemos. Cuando entren en la casa parecerá que lo forzamos a encubrirnos.-
-La idea de David es buena. Pero no soluciona qué vamos a hacer nosotros, tenemos que pensar en lo que harán con nuestros hijos.- Jose Luis se llevó las manos a las sienes y contrajo la cara en un gesto de dolor.
-¿Nos van a hacer daño Papá?.- Preguntó Jesús mirando a su padre a los ojos.- Antes de que pudiera decir nada Luna abrió la boca.
-No preguntes cosas que ya sabes.-
-Y tu no leas la mente de tus amigos. Te lo he dicho mil veces Luna.- La reprendió David.
-Lo siento David.- EL silencio se apoderó de la sala. Unos pasos lentos y cansados bajaron por la escalera. Joaquín apareció por el rellano y rompió el silencio.
-Si os entregáis moriréis. Si huís, seréis perseguidos por gente con más medios y más armas. Si luchamos aquí tenemos una oportunidad, la de morir siendo libres. Decidamos como nos organizaremos y expliquemos a los niños qué hacer. Venderemos cara nuestra libertad. Sólo os pido un favor... no dejéis que me maten con el rifle de los rusos.- Dijo muy serio y, al instante, se echó a reír.
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Eduardo Negro odiaba profundamente a los mutantes. Su trabajo de alguacil en Santa María solía consistir en encerrar una noche en el calabozo al borracho de turno o mediar en una disputa familiar. Sin embargo en raras ocasiones, que nunca desperdiciaba, llegaba del gobernador de Cordoba la orden de persecución a algún grupo de mutantes que cruzase por la zona. A estas peticiones podía decir con orgullo que jamás había fallado en los 21 años que llevaba de alguacil, hazañas por la cual tenía varias condecoraciones del partido. De todas ellas la más preciada era el Rifle Laser Newton 580nm de haz amarillo. Tenía una cadencia de disparo endiablada, prendía las ropas y la piel de su objetivo con sólo rozarlo y provocaba el miedo y la desesperación en los enemigos, amén de una muerte horrible. Una sola célula de energía podía efectuar hasta 20.000 disparos y, a diferencia de los láseres de haz naranja o rojo, apenas se calentaba. Tal era la devoción que sentía tanto por su rifle como por la caza de mutantes que había bautizado el arma como "Redención".
No estaba nervioso por el abultado número de mutantes a cazar, siete. Tampoco estaba nervioso por la cantidad de patanes que se habían unido a la empresa esperando unas migajas como recompensa, el y sus dos ayudantes se bastaban para hacer el trabajo. Lo que no dejaba de dar vueltas en la cabeza de Eduardo Negro era un ser humano: Joaquín de la Rosa.
Joaquín de la Rosa, que ahora debía rondar los 85 años, había sido un héroe de guerra en las Guerras Capitales por la independencia de la Península Ibérica. A pesar de haber militado en el bando perdedor, El Partido lo había indultado por su conducta ejemplar en el frente y su piedad para con los prisioneros enemigos. A pesar de tener 30 años menos, en su juventud conoció al ahora ermitaño y su mirada se le quedó clavada en el alma. Si había una clase de persona a la que era sabio respetar, esa era la clase de persona a la que Joaquín de la Rosa pertenecía. Si el viejo estaba decidido a presentar batalla y los 7 mutantes, incluyendo un psíquico, a seguir sus instrucciones, la cosa se pondría fea.
Mientras cavilaba sobre esto la columna llegó a la valla exterior de la finca. Junto a las dobles puertas metálicas, un cartel desvencijado daba toda la información que su dueño consideraba necesaria: "La Granja. No Pasar" El tosco dibujo de una escopeta acompañaba al mensaje. Tras la valla se abría una amplia extensión de terreno que abarcaba dos colinas, el valle entre ellas y varias hectáreas de planicie alrededor. El Camino que nacía en la puerta llegaba directamente al caserón, en la colina de la derecha. En la otra colina había un gran establo dónde el viejo tenía a sus animales y junto a éste un granero, un par de silos y una caseta de herramientas. Negro, como lo llamaba todo el mundo, se hizo un gesto con la mano y se volvió hacia sus hombres.
-¡Atención todos! Escuchad bien y haced caso de lo que os ordene y este trabajo será rentable y seguro para todos.- Sus ayudantes tomaron posición a ambos lados y el resto de milicianos se desplegó en abanico ante él. Tras unos segundos de silencio para comprobar que gozaba de toda la atención de su público, se apresuró a dar instrucciones.
-Avanzaremos con cautela y sin dar nada por sentado. Los dos posibles escenarios peligrosos son los siguientes: Los mutantes podrían estar atrincherados en algunos de los edificios. En ese caso los asediaremos con las armas de fuego. Si las casas están deshabitadas, eso significará que han huido hacia el bosque. Si es así, los perseguiremos y daremos con ellos.- Habló con sus dos ayudantes unos minutos y volvió a dirigirse a los milicianos. -Juan y Sebastián irán con 10 de vosotros hacia los establos y el granero, los demás vendréis conmigo hacia la casa.- Dicho esto se dio la vuelta y arreó a su caballo hacia el caserón. 30 hombres con malas armas y peores intenciones le seguían.
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Tal y como Joaquín había predicho, al poco de registrar la casa y no encontrarlos, la patrulla había seguido hacia el bosque dejando unos cuantos en la casa para saquear todos los objetos de valor. Ellos 8, escondidos en el subterráneo, habían oído las conversaciones de los hombres y sabían a que se enfrentaban. Allí en la casa había 6 hombres, 2 de ellos con armas. En el granero había otros 4 con, al menos 1 arma más. La ventaja que poseían sobre aquellos hombres consistía en que los hombres esperaban que, en caso de acercarse a la casa, lo harían desde fuera y no desde dentro. El subterráneo era un túnel excavado con cálculo y precisión. Los dinteles de sujeción cada 10 metros habían sido construidos con madera de los pinos circundantes y tenían refuerzos en las escuadras. La longitud total era la distancia que separaba sus dos entradas, la casa y la caseta de herramientas junto al granero. En mitad del recorrido, en una habitación perfectamente abastecida se encontraban los 8, viendo y escuchando lo que hacían y decían los milicianos gracias a un sistema de cámaras y micrófonos que, al parecer, siempre había estado ahí.
-No dejará usted de sorprenderme nunca Joaquín, llevamos años aquí y jamás nos habló de este refugio.- María seguía mirando la sala con incredulidad. Los dos gemelos salieron de su acalorada discusión sobre que tarea de las que se les habían encomendado haría cada uno, para decir al unísono: -Nosotros si sabíamos que este refugio existía.- A lo que la pequeña Luna se unió. -Yo también.- Los adultos miraron a Joaquín y este, sonriendo, se encogió de hombros.
-Era nuestro secreto.- El semblante del hombre cambió. -Ha llegado el momento.- Todos se reunieron en torno a él. -Este momento va a cambiar sin duda la vida de algunos de nosotros.- Miró con cariño a los 3 niños presentes. -Pero esos hombres quieren hacernos daño. Somos una familia y quién le hace algo malo a uno de nosotros se lo está haciendo a todos los demás, y eso no lo vamos a permitir. Los grupos y la estrategia ya están más que hablados: Los gemelos y David vienen conmigo a la casa, el resto de los adultos van al granero. Antonio y yo tenemos el walkie-talkie.- Miró a Luna con condescendencia. -Tu tienes el otro, ya sabes que tu labor es de las más importantes.- La pequeña asintió con decisión. -Bien, si todo está claro, procedamos.- La familia se unió en un gran abrazo comunal y se dividieron, Luna se quedó mirando los monitores en silencio, a pesar de su corta edad, sabía que algo trágico estaba a punto de ocurrir.
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Antonio salió por la trampilla seguido de Jose Luís y María. Fuera estaba anocheciendo pero la luz del ocaso veraniego aun permitía ver con claridad. Antonio reconoció al tipo que guardaba la puerta del granero como al portador de la pistola, la suerte estaba de su parte. Se giró hacia María y ella asintió. Al punto la mujer empezó a girar las manos como si moldeara una pieza de barro imaginaria. Antonio nunca había sufrido los efectos del hechizo de un Elemental y no estaba impaciente por hacerlo, pero la utilidad de las artes de la mujer era innegable. Con un gesto delicado ella extendió las manos en su dirección con las palmas hacia arriba y una especie de bola invisible de energía, que distorsionaba la luz a su paso, rodó por el aire. Al impactar en él se deshizo muy de forma paulatina creando una película que lo envolvió por completo. En ese momento dejó de oír todo lo que no fuera su propio cuerpo. Tal y como la mujer le había dicho, ningún sonido podía entrar o salir de la fina capa de magia que lo envolvía.
Antonio se acercó a la puerta de la caseta y la abrió con mucho cuidado, se situó a la espalda del tipo que ahora miraba con interés hacia el caserón y propinó un fuerte puñetazo con sus férreos brazos de Recio en la nuca del hombre. Al instante lo agarró y lo metió en la caseta. Jose Luís, cerró la puerta tras ellos y, sin vacilar, mientras Antonio inmovilizaba al todavía confundido miliciano, sacó su navaja y le rajó la garganta. Con mucha más presteza que en la vez anterior, María, en un gesto rápido, envolvió de su magia la cabeza del degollado y, acto seguido, deshizo el hechizo sobre Antonio.
-Así no tenemos que oír sus gorgoteos y espasmos de muerte.- Dijo la mujer sin pizca de piedad en su voz. Antonio registró al tipo mientras aun se movía.
-Tiene un revólver cargado con 4 balas y una navaja. Nos serán de utilidad.- Tras decir esto, sacó las balas del tambor y se las entregó a Jose Luís junto con la navaja. -¿Puedes usar tus habilidades aquí? Por favor.- El hombre tomó las balas y la navaja y las pasó por sus dedos. Cuando se las devolvió a Antonio estas tenían el mismo halo resplandeciente que la propia navaja de Jose Luís. -¿Cuánto dura este endurecimiento del metal?.-
-Años.- Fue todo lo que obtuvo por respuesta. A pesar de que lo había hecho con una frialdad implacable, matar a un semejante le había dejado una huella en el humor. María, desde la ventana, los alertó.
-Se dirigen a la casa, tenemos que actuar.- Acto seguido se puso a trabajar en insonorizarse a ella misma y sus dos acompañantes. Una vez hubo terminado los tres salieron agachados y corrieron tras sus presas, los cuales estaban de espaldas a ellos, caminando colina abajo hacia el gran caserón.
Antonio llegó a la posición de dos de los hombres. Puso el cañón del revólver en la nuca del primero y disparó. Ambos cayeron, el miliciano con los sesos desparramados por la amarilla hierba estival y Antonio con las manos en los oídos. En medio del dolor y la confusión una frase empezaba a cobrar sentido: "El sonido no puede entrar ni salir de esta burbuja." El segundo miliciano, horrorizado al ver el estado de su amigo y la dantesca imagen del Recio retorciéndose en el suelo se giró para avisar a su otro compañero; demasiado tarde, un hombre y una mujer lo cosían a cuchilladas con un frenesí salvaje. Al volverse hacia el Recio este parecía haberse recuperado y trataba de encontrar la pistola entre la hierba. El miliciano apretó con fuerza el mango de su hacha y descargó un golpe justo cuando éste se giraba hacia él.
Antonio estaba buscando el arma con desesperación, sus tímpanos se habían adaptado y el dolor se había esfumado tan pronto como llegó. -Maldito revólver. Debería estar justo aquí-. Un reflejo le reveló su ubicación. -¡Te encontré!- Lanzándose en esa dirección empuñó el revolver y se volvió hacia el segundo hombre, apuntándolo con el arma, justo para ver el hacha descender sobre él. Un sonido sordo y un crujido acompañaron al dolor que subió por el brazo hasta la parte superior de la médula. El hacha había seccionado medio antebrazo, rompiendo el radio y el cúbito y dejando el apéndice unido al brazo tan solo por un colgajo de piel. Antonio se agarraba el muñón intentando detener la hemorragia. Al parecer el hacha, o quizá el disparo anterior, también había roto el hechizo ya que podía oír al miliciano.
-¿Con qué querías matarme por la espalda? Mutante hijo de puta.-
Antonio se levantó y echó a correr hacia el granero pero un nuevo golpe le reventó el hombro derecho. Tendido en el suelo, un chorro de sangre que salía desde dónde había estado su clavícula, se le propulsaba directamente a la boca. Su propia esencia le supo a muerte mientras iba perdiendo la consciencia.
El miliciano se giró, sabiendo que el Recio estaba fuera de combate, para ver a los otros dos, con sendas navajas, correr hacia él. Agachado en la hierba intentó buscar la pistola sin éxito, cuando tuvo a los otros dos mutantes frente a él, los encaró hacha en mano.
-Venid a por mi si tenéis cojones.- Sin mediar palabra los mutantes se abrieron para flanquearlo. Él respondía a los tientos de estos balanceando el hacha hacia una y otra dirección. Los mutantes avanzaban por turnos y él no tenía más opción que caminar de espaldas colina arriba para mantenerlos a raya. -Estos hijos de puta me quieren llevar a algún sitio.- pensó. -Quizá hacia el granero para que no los vean los demás.- Pero un paso más lo sacó de su error. Al apoyar el talón no encontró el suelo, sino el cuerpo del Recio. Desequilibrado, rodó por la hierba pero, cuando se incorporó y quiso blandir su hacha, el hombre ya la había agarrado del mango y ambos forcejeaban por su control. Durante un momento la lucha de fuerzas fue en su favor, hasta que sintió el frío mordisco del acero entrar por sus costillas, una vez y otra más. La mujer procedió una decena de veces más sin hacer mas gesto que el del esfuerzo que ponía en cada golpe. El hombre lo seguía agarrando hasta que perdió todas sus fuerzas, momento en el que se unió al arduo trabajo de su mujer. Con mas de sesenta cuchilladas en su cuerpo los vió partir colina abajo. ¿O era arriba?
Todo le daba vueltas, el dolor ya formaba parte de él. Se vio a si mismo de pequeño, sus abuelos lo miraban con lástima. A su lado le pareció escuchar la voz de una niña: "Los gemelos están en problemas" No tuvo tiempo de descifrar su significado, ni de tener muchas más ensoñaciones. Pronto le sobrevino la muerte.
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La trampa había funcionado a la perfección. Cuatro de los milicianos yacían achicharrados en el gran salón de la casa. El poder de los gemelos era algo que David no había visto nunca. Uno de ellos creó, de la nada, una esfera de líquido incandescente y el otro, gesticulando con sus manos, la estiraba y la movía con agilidad en el aire, como si de una serpiente de destrucción se tratara. Los hombres que hacían guardia en el salón no tuvieron ni una oportunidad cuando vieron aparecer aquello, la serpiente los rodeó y se enroscó a su alrededor calcinándolos al instante. Desgraciadamente ni él ni Joaquín vieron a los dos guardias armados bajo la escalera. Ahora los dos tiradores estaban atrincherados en la cocina con los cuerpos inconscientes de los gemelos, uno de ellos con una grave herida en la pierna izquierda.
-Joaquín tenemos que sacar de ahí a esos tipos.-
-No van a salir, tienen dos rehenes y han llamado por radio pidiendo refuerzos.- Joaquín se rascó la cabeza. -Hay que entrar y disparar, a muerte.-
-Yo puedo entrar corriendo y tomar cobertura, no creo que les de tiempo a acertarme si no lo esperan.- Joaquín se quedó pensativo unos segundos y cogió el walkie-talkie.
-¿Luna puedes verlos?- El receptor emitió la voz de la pequeña.
-Si.-
-¿Dónde están?-
-Uno se ha metido en el armario de la comida, el otro esta detrás de la isla central, ambos gemelos están sobre la isla, los usa de parapeto.- Incluso en una situación así a David se le escapó una sonrisilla.
-No deja de abrumarme el vocabulario de esta chiquilla.- Joaquín asintió con gesto dulce.
-Gracias cariño, ahora es mejor que no mires los monitores durante un rato.- El anciano cortó la comunicación. -David, ve fuera, da la vuelta a la casa y pon el cubo de la basura bajo la ventana que hay al lado de la manguera. Súbete a él y espera. Oirás dos disparos y luego otros dos. En ese momento asómate por la ventana y tendrás un blanco perfecto del que está con los niños.-
-¿Y el otro?-
-Ya estará muerto.-
Joaquín abrió el pequeño armario empotrado del comedor y apartó a uno y otro lado la ropa de invierno que había colgada en él. Comprobó que ambos cartuchos estaban en buenas condiciones, encañonó el fondo del armario y disparó dos veces, ambas a media altura. Haciendo caso omiso de los gritos y los ruidos de botes de cristal rotos, se dirigió a la puerta de la cocina. El tipo que se guardaba tras la isla de la cocina gritaba a su compañero.
-Aaron ¿estas bien? ¿Qué cojones ha pasado?- Todo lo que le llegaba por respuesta eran unos quejidos y ruidos de cristales.
-No, tu amigo no esta nada bien.- Dijo Joaquín y, asomando la escopeta disparó dos veces al techo por encima de dónde, calculó, se encontraba su enemigo.
El joven se agachó para cubrirse de las esquirlas que caían sobre él. Un ruido de cristales rotos y una explosión. No vió ni oyó nada más.
David y joaquín comprobaron y registraron los cadáveres. Al momento llevaron a los gemelos al salón.
-David, saca los cadáveres achicharrados afuera. Después ve por el botiquín del baño.- Tomó el walkie. -Luna cariño, coge el botiquín y las toallas del refugio y ven corriendo a la casa.-
-Ahora mismo.- Se apresuró a contestar la chiquilla.
Daniel estaba inconsciente y sus heridas no eran más graves que la pérdida de unos cuantos dientes y la nariz y el pómulo rotos. Todo ello debido a un culatazo de escopeta. En cambio Jesús había recibido un disparo en la pierna izquierda, casi a la altura de la cadera, y perdido una gran cantidad de sangre. En ese mismo momento José Luís y María entraron portando el cuerpo de Antonio. Los tres parecían bañados en sangre. Joaquín lo evaluó mientras los padres de los gemelos se apresuraban a ver el estado de sus hijos.
-Es un Recio, tiene una oportunidad.- En ese mismo momento llegaban Luna y David, cada uno por una puerta. Joaquín se irguió todo lo que sus viejos huesos le permitieron.
-Señores, hay dos vidas que salvar y mucho trabajo que hacer. Si dejamos de lamentarnos y seguimos mis instrucciones, ambos tendrán una posibilidad. Manos a la obra.- Tras lo cual se puso a dar instrucciones para que todas las manos colaborasen de forma eficiente. Fue una noche muy larga.
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