lunes, 25 de agosto de 2014
Faulkner 6
Pero la luz volvió. Al principio no fue definitivo. Tuvo varios intentos salpicados de imágenes borrosas y conversaciones confusas, pero, al final, abrió los ojos y la luz estaba ahí. La luz de una ventana para ser exactos. Se encontraba tumbado boca arriba en el suelo y no tenía sensación de dolor alguna. -Tengo todo el cuerpo dormido, cuando mueva algo me va a doler hasta el alma.- Efectivamente. Empezó por los pies e instatáneamente dos finos hilos de dolor subieron por las piernas hasta la espalda. Según se le despertaban, la pierna izquierda empezó a doler más y más y, a la altura de la cadera, sintió una hinchazón latir como si tuviera el corazón allí dentro, y a cada latido, un espasmo de dolor le recorría la médula. -¿Me habré partido la cadera?- Pese al dolor intentó levantar la pierna y mover la pelvis, ambas maniobras pudo realizarlas sin mayor dificultad. -Posiblemente será sólo el hematoma o una pequeña fisura.- La espalda y los brazos fueron mucho mejor, el entumecimiento se pasó en unos segundos y sólo dejó un ligero malestar. Se tocó la cara y la tenía bien. El lado izquierdo estaba cubierto de sangre seca. Palpando, descubrió la herida; una brecha cerrada a la altura de la sien que, para su sorpresa, escocía un poco pero apenas dolía. Había pasado algo por alto, tenia frío. Le sobrevino un ataque de tos durante el que todos los dolores se multiplicaron, se dio cuenta de que estaba tiritando y desnudo, vestido tan solo con sus calzoncillos.
La habitación donde se encontraba no medía mucho más que el típico cuartucho que uno podía alquilar en cualquier antro, con la diferencia de que este estaba completamente vacío. Resistiendo las fuertes punzadas que le incitaban a quedarse tumbado, se puso de rodillas y luego en pié. La ventana estaba provista de una fuerte reja metálica soldada al marco y se hallaba al menos un metro por encima de su cabeza. -Desde luego por ahí no voy a salir.- Se acercó a la puerta, esta era normal, de madera, aunque el pomo había sido arrancado. Se quedó allí durante unos veinte minutos, inmóvil frente a la puerta. Su cerebro encajó las piezas del puzzle, recordó todo lo que podía recordar, se hizo cargo de la situación en la que estaba y barajó sus posibilidades. Se quitó los calzoncillos y fue a situarse al lado de la puerta, por la parte en que esta se abría. Retorció los calzoncillos hasta que formó con ellos una cuerda dura y resistente, la cogió por ambos extremos, tensó los músculos de sus brazos y apretó los dedos para probar su fuerza. Satisfecho con los resultados se quedó con sus propios pensamientos mientras repetía: -Que venga sólo uno. Que venga sólo uno...-
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