lunes, 18 de agosto de 2014

Faulkner 5



Tres horas habían pasado desde que Ridge Valley quedara atrás. Faulkner se había traído de allí una pequeña fortuna que ascendía a 80 balas del 45, un pañuelo de seda, 3 deliciosas magdalenas, una botella de vodka casero y ese extraño cosquilleo que uno siente en la médula cuando todo va demasiado bien.
Los humedales de los alrededores no daban opción alguna a moverse fuera de los caminos principales y, por si fuera poco, las primeras lluvias del otoño amenazaban con caer desde unos nubarrones cada vez más oscuros. Todo esto le provocaba una sensación de indefensión a la que uno no se acostumbraba por más años que hubiera pasado vagabundeando por los yermos. De estas y otras ensoñaciones lo sacó un leve sonido silbante a su espalda. Al girarse pudo ver una bengala de señales de color rojo surcando el cielo. Provenía sin duda del pueblo. Faulkner barajó las posibilidades y no encontró ningún escenario en el cual acercarse al pueblo, ahora a 3 horas de distancia, pudiera ser beneficioso para nadie. Visto lo cual aceleró el paso alejándose hacia el sur. -Si es una advertencia para mi, espero encontrar algún buen sitio dónde refugiarme.- Dijo sin mucha esperanza.
Sus temores eran ciertos, tan sólo una hora más tarde la nube de polvo y el zumbido característico de los motores de gasolina aparecieron en la distancia. Era mediodía y aquel páramo de humedales y hierba baja no ofrecía cobertura alguna. El camino se elevaba al menos dos metros sobre el nivel de la tierra, esconderse no era una posibilidad.
Con la determinación de quien se sabe sin escapatoria, hincó una rodilla en el suelo, puso su rifle a un lado y buscó los binoculares en su macuto. Eran dos motocicletas y un buggy. En total 6 saqueadores, entre ellos reconoció al de la cresta de colores. Se echó al suelo con el rifle y empezó a calibrar la mira. Los saqueadores se acercaban a una velocidad endiablada.
Mientras esperaba que los vehículos estuvieran a tiro, su cerebro trabajaba a marchas forzadas intentando idear una estrategia. Si los disparos eran certeros podría abatir a 4 o 5 antes de que los vehículos llegasen hasta él. -Podría hacerlos retroceder.- Pensó, y en ese mismo momento la primera motocicleta rebasó la marca que había colocado en la mirilla.
El primer disparo pasó muy cerca, había apuntado alto y subestimado el viento. -¡Mierda! Este fallo me va a costar el pellejo.- Volvió a apretar el gatillo y... ¡Bingo! La bala impactó en el hombro del motorista derribándolo. El conductor del buggy no tuvo ni tiempo para esquivarlo ni piedad para, al menos, intentarlo. -¡Malditos animales!.- Dijo para si. El tercer disparo atravesó limpiamente la cabeza del segundo motorista, quien, semi decapitado, tardó unos segundos en caer de la moto como un fardo, mientras esta seguía su camino una veintena de metros en solitario para acabar saliendo del camino.
Tenía al buggy y a los 4 saqueadores encima. Se limpió el sudor de la frente y las manos y volvió a cargar el arma. No tenía tiempo de examinar el vehículo en busca de un punto débil, apuntó directamente al conductor. Calculó la trayectoria, estaba demasiado cerca, 100 metros, puso el torso del conductor en su mirilla, 50 metros, contuvo la respiración... ¡BANG! disparó y echó a rodar con todas sus fuerzas hacia la izquierda. El buggy pasó por su lado como un relámpago. Quiso frenar para incorporarse, pero era demasiado tarde, caía sin control por la pendiente hasta el nivel del humedal. Sintió sus articulaciones crujir, todo le daba vueltas. Para cuando pudo incorporarse el sonido del motor de gasolina había vuelto. Corrió con toda la velocidad que sus piernas le podían proporcionar. Se giró para comprobar que su sospecha era cierta, el buggy avanzaba sin dificultad por aquel terreno. Se giró para intentar un último disparo pero era demasiado tarde, el parachoques impactó en su cadera y el capó delantero vino al encuentro de su cara estrellándose brutalmente contra ella. Al cazarrecompensas se le apagó la luz.

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