lunes, 1 de septiembre de 2014
Faulkner 7
El parloteo que se acercaba por el pasillo daba mucha información acerca de las dos personas implicadas en él. Varones, muy jóvenes, entre 15 y 20 años y de un nivel cultural mayor del que cabía esperar en dos saqueadores. Le había parecido oír algo acerca de Ridge Valley en aquella conversación, pero no quedaba tiempo. Los individuos estaban ya en la puerta.
-Aquí es, dejemos la bandeja y habremos terminado el turno.-
-¿Seguro que no es en la de al lado?-
-No, estoy casi seguro de que es en esta.-
El sonido de una llave entrando en la cerradura, un par de vueltas y la puerta se abrió. Un chico rubio con un serio problema de acné asomó la cabeza.
-Joder, te dije que no era...-
No tuvo tiempo de decir nada más. El puño de Faulkner se estrelló contra la base de la mandíbula del chaval, dejándolo K.O. al instante. El cuerpo cayó al suelo justo bajo el dintel de la puerta.
-¿Richard? ¿Que cojones pasa?-
Faulkner se asomó y vio a un joven alto y fornido arrodillado junto al primero. Este levantó la cabeza justo a tiempo para ver la planta de un pie hundirse en su cara. Faulkner lo siguió en su caída y, poniéndose tras él, rodeó su cuello con los calzones trenzados. Atrapando a su víctima de esta forma lo arrastró hasta el interior de la habitación y se tendió en el suelo poniendo al joven sobre él. El chico lanzaba sus manos hacia atrás intentando atrapar a su agresor o soltarse de la mortal presa. Pese a todos sus esfuerzos, pronto los tirones y arañazos se convirtieron en estertores y la vida escapó lentamente de su cuerpo. Faulkner no pudo evitar reparar en el contraste entre el blanco albino de su piel y el morado intenso de su cara. El chaval debía estar en torno a la mayoría de edad. Sintió lástima por sus padres, donde quiera que estuvieran, pero no podía permitirse errores. Un sentimiento de culpabilidad aun mayor le asaltó al mirar al joven del acné, sin embargo sabía lo que tenía que hacer. Se agachó y recuperó la improvisada cuerda del cuello del otro chico.
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Faulkner salió de la habitación ataviado con unas botas militares, unos vaqueros negros rotos por las rodillas y una camiseta blanca con un arcoiris dibujado. En su bolsillo descansaban 14 balas y en su mano derecha un revólver cargado y amartillado. Cerró con llave la habitación en la que yacían los dos cadáveres y, de una patada, arrancó el pomo de la puerta.
Se encontraba en un pasillo con varias puertas a cada lado. Posiblemente era una especie de almacén, pero hacía las veces de cárcel a la perfección. La mayoría de las puertas estaban abiertas. Sólo la contigua a la que había sido su celda permanecía cerrada. Sacó el llavero que llevaba en el pantalón trasero de los vaqueros y probó varias llaves hasta que encontró la que pertenecía a dicha cerradura. Empuñando el revólver abrió la puerta con el pie, lo más alejado de ésta que pudo. Sus ojos se abrieron como platos. Un radiado yacía en el suelo, durmiendo plácidamente. En todas las horas que había estado en su celda no había oído ruido alguno en la pared de al lado. El ser era una mole de músculos que medía casi tres metros y tenía la piel de un color rojo intenso. Unos grilletes le sujetaban las manos, otros, mas grandes, los pies y una de cadena de medio metro los unía. Esto le obligaba a adoptar una postura, con las manos entre las piernas, que lo hacía parecer un niño gigante. El ser bostezó y abrió un ojo. Al ver a Faulkner rodó hacia el otro lado y se sentó de espaldas a él.
-¡Lárgate!- Faulkner no había oído hablar de un radiado parlante en toda su vida, pero volvió a cerrar la puerta, lo último que quería era que la bestia formase un escándalo. Aun aturdido por lo ocurrido, se dirigió hacia el fondo del pasillo y asomándose por el hueco de la escalera comprobó que se encontraba en el tercer piso. Bajó e inspeccionó la segunda planta. Esta era mucho mas grande que la superior. A ambos lados del pasillo las aulas se repartían por igual. Faulkner comprobó algunas de ellas. Todas tenían elementos defensivos en las ventanas y, en su mayoría, hacían las veces de almacenes de bienes de primera necesidad. Los saqueadores tenían una pequeña fortuna en vajillas, sanitarios, muebles, herramientas... Los saqueadores estaban más que bien abastecidos con todo ese material. Faulkner se guardó un punzón y un cuchillo de cocina en uno de los bolsillos del pantalón, después se asomó a la ventana de una de las aulas con cautela. Se encontraba en un edificio secundario del complejo educativo que había sido el Ridge View High School. El edificio principal tenía algunos guardias apostados en las ventanas, pero no parecía haber ninguno en el suyo. Buscó con la mirada un indicio de patrullas en el exterior, nada. Estaba anocheciendo, con lo cual lo más posible es que ya nadie estuviera patrullando el exterior. Los humedales circundantes no eran un sitio seguro tras la puesta de sol. Volvió a las escaleras y bajó a la primera planta. Esta era exactamente igual a la segunda en disposición y uso de los saqueadores. Decidió no perder el tiempo rebuscando y se acercó a la puerta exterior, sabía que su objetivo se encontraba en el edificio principal. En ese momento oyó unos pasos acercándose desde el exterior. Tomo posición detrás de la puerta y contuvo la respiración unos segundos... Los pasos pertenecían a una sola persona. Echó mano del cuchillo y el punzón y flexionó los músculos de las piernas. Cuando la puerta se abrió, una chica no mucho mayor que los dos anteriores entró por ella. No tuvo tiempo casi ni de entender que estaba pasando, un pinchazo en la nuca y un mordisco helado en la garganta, se desplomó al instante, ya sin sentido . Faulkner sacó el punzón de las cervicales y limpió el cuchillo en la ropa de la chica mientras su cuerpo aun sufría los estertores. -¡Maldición! Esto es una puta guardería.- El hecho de tener que liquidar adolescentes sólo lo enfurecía más. Registró el cadaver y encontró un arma automática del tipo UZI y dos cargadores completos. Se reafirmó en su pensamiento, dejarlos inconscientes no era una opción, cualquier fallo podría hacerlo acabar como un colador. Un ruido lo sacó de estos pensamientos. Era el motor del buggy. Cerrando la puerta, se ocupó de esconder el cuerpo de la joven y observó la escena desde una ventana.
El sol empezaba a ponerse en el horizonte cuando el buggy aparcó en la puerta del edificio principal. Esta se abrió y de ella salieron el saqueador de la cresta, otro rubio y fornido y una chica no muy distinta de la que ahora yacía muerta cerca de allí. Del buggy bajaron sus ocupantes, dos saqueadores de los asientos delanteros y, del asiento trasero, ¡Roy Fisher! -Mierda Roy, ¿En qué lío te estás metiendo?.- Pensó Faulkner. Los tres saqueadores corrieron hacia él para abrazarlo.
-¡Papá!- Exclamaron al unísono.
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